Hay personas que ven una feria y piensan en los stands, los visitantes o las degustaciones. Yo, cuando pienso en una feria como Fromago, pienso en todo lo que ocurre antes. Porque una feria no empieza el día que se abren las puertas. Y aunque importa, y nos centramos también en tenerlo todo listo para cuando eso suceda, hay algo que va mucho más allá. Empieza mucho antes. A veces semanas antes y, para ser sincero, muchas veces empieza primero dentro de mi cabeza. Ahí es donde comienza realmente mi ritual antes de una feria como Fromago.
Cada vez que se acerca una cita importante ocurre algo parecido. Empiezo a revisar mentalmente todo lo que hay que preparar, a pensar si estará todo listo, a imaginar cómo será el encuentro con las personas que se acercarán a conocernos y a preguntarme si seremos capaces de transmitir bien todo lo que llevamos detrás.
Es una mezcla extraña de ilusión, responsabilidad y nervios que, con los años, no ha desaparecido. Y espero que no desaparezca nunca.

Mi ritual antes de una feria como Fromago: los días previos
Los días antes de una feria suelen ser intensos. Hay que organizar materiales, preparar producto, coordinar horarios, revisar detalles, comprobar que no falta nada y asegurarse de que todo llega en condiciones. Parece una parte puramente logística, pero para mí siempre ha tenido un significado mucho más profundo. Tengo un equipo que sabe lo que hacer en cada momento, tiene experiencia y vive como yo cada salida a la calle, pero aun así mi cabeza es imparable.
Cuando participamos en una feria como Fromago no llevamos únicamente queso. Llevamos una historia. Llevamos el trabajo de muchas personas que no siempre están presentes en el stand, pero que forman parte de cada pieza que mostramos. Llevamos el esfuerzo de los ganaderos, de los pastores, de los maestros queseros y de todo un equipo que trabaja durante meses para que cada queso llegue al público en el mejor momento.
Por eso los días previos se viven con tanta intensidad. No se trata solo de montar un espacio bonito o de preparar una degustación, un buen producto y «buena vibra». Se trata de representar una forma de trabajar, una tierra, un oficio y una manera de entender el queso. A todo el equipo y a toda la trayectoria de La Antigua.

La noche anterior
Si tengo un ritual antes de una feria, probablemente sea este: la noche anterior siempre necesito parar unos minutos. Y preparar, a veces con ayuda de mi hija Ana, el traje o la ropa del día siguiente. Es ese momento de paz, de calma y de risas para relajar los nervios.
Algo que me ayuda a destensar y, ahí sí, pienso en la gente con la que voy a encontrarme, porque en las ferias siempre se ven caras conocidas.
Porque una de las cosas más bonitas de eventos como Fromago son precisamente las conversaciones. Muchas veces, detrás de una simple pregunta sobre un queso, aparece una historia sobre un pueblo, una familia, un recuerdo o una forma de vida. Hay personas que se acercan por curiosidad y terminan contándote dónde probaron por primera vez un queso de oveja, quién se lo ponía en casa o qué recuerdos les despierta un sabor.
Ese tipo de encuentros son los que hacen que una feria sea mucho más que un evento comercial.
Mucho más que vender queso
Con los años he aprendido que una feria no consiste únicamente en vender. Claro que vender es importante, porque detrás de cada proyecto hay trabajo, inversión y responsabilidad, y sin ventas no se sostendría. Pero una feria también consiste en escuchar, aprender, compartir y observar qué siente la gente cuando prueba nuestros productos.
Cada visitante aporta algo. Cada pregunta obliga a explicar mejor lo que hacemos, a que nosotros mismos nos hagamos preguntas nuevas y proyectemos en la empresa nuevos retos. Cada conversación deja una enseñanza. Y cada edición se convierte en una oportunidad para mejorar.
El momento en que se abren las puertas
Después de semanas de preparación llega el momento que más me gusta: cuando se abren las puertas y empiezan a llegar los primeros visitantes. Es también mi momento de más nervios, pero tras él todos desaparecen, se esfuman, y empiezo a disfrutar.
Entonces toda la tensión acumulada se transforma en energía. Ves acercarse a la gente, escuchas las primeras preguntas, ofreces los primeros cortes de queso y recuerdas por qué merece la pena todo el esfuerzo.
Por eso sigo sintiendo los mismos nervios cada vez que se acerca una feria como Fromago. Porque mientras haya nervios, seguirá habiendo ilusión. Y mientras haya ilusión, seguirá mereciendo la pena.
Al final, mi ritual antes de una feria como Fromago no consiste solo en preparar un evento. Consiste en recordar todo lo que hay detrás de cada queso, de cada persona y de cada historia que llevamos con nosotros.


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