Hay profesiones que eliges.
Y otras que te encuentran.
Mi historia con el mundo lácteo pertenece a la segunda categoría.
Si alguien me hubiera preguntado con 10 años eso de “¿qué quieres ser de mayor?”, probablemente habría dado muchas respuestas antes de mencionar la leche, las ovejas o el queso. Sin embargo, la vida tiene una forma curiosa de llevarnos por caminos que no habíamos planeado. Hoy, cuando miro atrás y pienso en cómo fue mi inicio en el mundo del lácteo, me doy cuenta de que todo empezó mucho antes de lo que imaginaba.
Mi primer contacto con el sector lácteo fue también mi primer contacto real con todo lo que ocurre detrás de los alimentos que consumimos cada día. Y empezó por el principio, por la leche y las ovejas. Cuidándolas, mimándolas y haciendo queso en casa con mi madre Claudia.
Un poco después comencé a trabajar en una quesería como comercial y, hasta entonces, como la mayoría de las personas, veía un queso en una tienda y aunque sabía su procedencia, no mucho más allá de cómo había llegado hasta ahí.
Y créeme, hay mucho más de lo que imaginamos. No sólo es cuidar a la oveja, hacer el queso y llevarlo a la tienda.

Cómo fue mi inicio en el mundo del lácteo
Mi relación con el mundo lácteo no empezó en una quesería.
Ni siquiera empezó con un queso.
Empezó mucho antes, entre ovejas, entre caminos de tierra, entre madrugones, entre días de frío, de lluvia y de calor.
Desde muy joven he estado vinculado al mundo del ovino y la leche. Por eso, cuando me preguntan cómo fueron mis inicios en el sector lácteo, siempre me cuesta señalar un momento concreto. No hubo un día en el que descubrí este mundo porque, de alguna manera, siempre ha formado parte de mi vida.
Aunque sí puedo decir que he ido aprendiendo, entendiendo y viendo mucho más allá. La verdad, y metafóricamente hablando, el horizonte es algo que siempre quiero alcanzar y siempre aprendo en el camino.
Durante años tuve la oportunidad de convivir con ganaderos y pastores, de recorrer caminos detrás de los rebaños y de comprender una realidad que pocas veces se ve desde fuera. Aquella experiencia me enseñó algo que sigo recordando hoy: la calidad de un queso empieza mucho antes de que la leche llegue a una cuba.
Con el paso del tiempo fui descubriendo cada una de las etapas que forman parte de esta cadena. Aprendí cómo se recoge la leche, cómo se controla su calidad, cómo se transforma y cómo evoluciona durante la maduración hasta convertirse en un producto terminado. Pero también entendí algo mucho más importante: que detrás de cada queso hay una enorme cantidad de conocimiento, esfuerzo y dedicación acumulados durante generaciones.
Cuando descubres todo lo que hay detrás
A medida que fui avanzando profesionalmente tuve la oportunidad de conocer otras facetas del sector. No solo la producción, sino también la comercialización y el contacto directo con el consumidor. Esa experiencia me permitió comprender algo que considero fundamental: muchas personas conocen el queso, pero muy pocas conocen realmente todo lo que hay detrás de él.
Cuando alguien prueba una cuña de queso suele fijarse en el sabor, la textura o el aroma. Sin embargo, detrás de ese pequeño gesto existe una historia mucho más compleja. Hay ganaderos que cuidan de sus animales todos los días del año, técnicos que garantizan la calidad de la leche, maestros queseros que aplican conocimientos adquiridos durante décadas y profesionales que trabajan para que ese producto llegue finalmente a la mesa del consumidor.
Quizá por eso sigo sintiendo una enorme admiración por este sector. Porque he tenido la suerte de conocerlo desde distintos puntos de vista y entender que cada eslabón es importante. Hoy, después de tantos años en la industria láctea, sigo aprendiendo cada día, pero hay algo que tengo claro: una vez conoces todo lo que hay detrás de un queso, ya nunca vuelves a verlo de la misma manera. Lo que para muchos es simplemente un alimento, para mí es el resultado del trabajo de muchas personas, de una forma de vida y de una tradición que merece ser cuidada y contada.


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